Entrego mi cuerpo a la tierra pero sin lápida encima, para que nazca un árbol, un arbusto, algunas flores. Si es en Calderas me gustaría una pomarrosa o un cerco de maizmillo. Si es en Río Chico, un croto, una cayena o un cocotero de dora estirpe. Pero sin lápida, por Dios, sin cemento encima para subir y respirar en árbol. Dejo trescientos bolívares en mi cuenta del Banco Unión al cual debo cuarenta mil; dejo cien bolívares en el Banco Ítalo, al cual debo más de treinta mil. Páguense con mis derechos de autor y que los bancos cobren a mis editores. Son más de veinte libros. Los inéditos, digamos póstumos, no entran en esta obligación. Si no tengo tiempo de organizarlos lo harán Trina y Oscar Sambrano Urdaneta. A Inés Morella le doy mis nietos y el conuco que tengo en río Chico y compartirá los frutos con Mariace. A Olga le dejo el sombrero de mi padre y las mancornas de mi blusa. A mi madre le dejo el dolor y mis promesas. A Irma la dejo con Rosario y Omaira con Ítalo, lo demás es herencia, sufrimiento y goce. A nadie le dejo el llanto, ni se lo permito. A mis nietos les dejo la frágil memoria de su abuelo, una cadena pequeñita de oro para Ivanova, un ajedrez para Lucía y un poema para Pedro Vicente. A Petete le dejo a Inés. A mis amigos les dejo mi violento recuerdo más allá sonando en la campana de mi corazón perdurable en ellos. Lo llevarán con ellos. Viviré con ellos y no me inmortalizarán mis libros sino el calor de la memoria en el fuego de mis hijos y de mis amigos y en la herencia vital del amor que ellos trasmitan. Pido a mi partido, el Partido Comunista, que mencione mi nombre sin tristeza y que la honra que me ha dado la mantenga y conserve para mis herederos. Trina es el albacea de un borracho infinito a cuyo cargo quedan los pesares de una vida insólita y el río hacia el mar de un tormentoso amor. II Regalo mis árboles al viento dejo mi corazón a los amigos dejo al mordisco de mis enemigos la dura carne de mi pensamiento Regalo el sol a un niño. El movimiento de mis aguas lo doy como testigo del páramo de ríos de mi abrigo, el abrigo de Dios de mi tormento No regalo mis vinos, me los llevo para beber con santos y con diablos en cielos y en infiernos donde bebo con mi padre, compañero de mis viajes, me llevo en mis amores los establos los caballos, el galope, los celajes de las crines lloviendo en la montura bajo la lluvia de todos los caminos, regalo el arcoiris de mis vinos al llanto lejos que mi amor procura Dejo en mis alforjas la locura cabalgando entre páramos y pinos Dejo a mis hijos mi cabalgadura para que vayan enlazando sus destinos No tengo más que dar ni que pedir me queda el latifundio de la muerte y tengo por pasado el porvenir Ahora recuerdo, por gracia de mi herida que tengo a Venezuela por mi suerte, espiga de amor, trigo de vida Puedo entonces donar al mundo entero la libertad, mi rojo patrimonio, la vestidura de mi audaz demonio la espada de Bolívar en enero Puedo calmar los ojos de mi insomnio sobre la tierra donde ausente muero regando las flores que más quiero con el llanto de amor de mi demonio Demonio de mi tierra, ávida de guerra de llevar libertad por todo el mundo, flor de amor, de Bolívar, de mi tierra Dejo la herencia que me dio la gloria sin saberla cabalgar en lo profundo a quienes hoy, muriendo, hacen la historia. |
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miércoles, 9 de abril de 2014
TESTAMENTO POÉTICO DE ORLANDO ARAUJO
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